Bestiario II
Avelixir
Mendigaba un instante que durara la amplitud del bostezo del manvantara. Dijo venir de donde se refugian las mareas y la noche termina apoderándose del sueño, y del deseo de dormir. Era escasamente feliz aunque sus ojos le sonreían a todo. Se alimentaba de pequeñas historias urdidas junto al fuego (nunca menguaba su hambre). Prefería los espacios reiterativos, la súplica a la acción: creía que llegaría a abarcar el tiempo.
Pronto se nos reveló el secreto del avelixir: su método consistía en desintegrar al mundo en un bálsamo. Cuando ocurría destilaba una espuma casi plástica mientras se agitaba en un sismo; su mutismo era sinónimo de que gestaba un fragmento de vida, e instantáneamente, moría otro. Llegó a ser disipado, suplicaba una eternidad que finalmente lo despojara de la idea de si.
Fue predecible su partida, algún fragmento suyo quedó entre las estatuas.
Lidia Elena©
